Yo, indígena
Fuente: El Día - OPINIÓN, 06 de diciembre de 2011
Los que creen que saben se llenan la boca por los indígenas y en defensa de ellos. Claro está que existen notables excepciones, pero las más de las veces parece que sólo buscan llevar agua al molino de sus propios y mezquinos intereses. La historia está llena de ejemplos. En los tiempos de la Conquista española, el obispo Fray Bartolomé de las Casas tuvo que salir al frente en defensa de los “indios”, a quienes se atribuía cuerpos pero no almas, y se procedía a un inhumano maltrato. En su obra “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” Casas pone en evidencia el genocidio de los indígenas americanos por parte de sus propios coterráneos y lanza a los cuatro vientos la denuncia.
Matar nativos no es novedad. Ha ocurrido en todo el mundo y en todas las épocas. África y América tienen destinos comunes en ese punto. Muchos africanos eran victimados desde el momento de su captura como mano de obra esclava para llevarlos al Nuevo Mundo. Todos deben saber que la historia del exterminio de los indios norteamericanos todavía no se ha terminado de escribir. Desde la leyenda de Toro Sentado hasta Gerónimo hay mucho por contar. Pero aún con el suplicio de Atahuallpa en Perú o el fin de Apiguaiqui Tumpa en el exterminio de Churuyuki, no queda más que reconocer que el Yo, indígena, ha permanecido y luego ha vuelto como el mítico Ave Fénix.
El sentimiento mariano de la religión católica por ejemplo, se hace fuerte desde que Juan Diego Cuauhtlatoatzin (el águila que habla) se convierte en el primer indígena que presencia la aparición de la Virgen de Guadalupe, justo en los primeros días de diciembre de 1531. Diciembre es mes Mariano, de la Virgen María, cuya veneración es indiscutible en la América Morena. Lo más interesante y colindante con el surrealismo es que la imagen impresa de la Virgen en el manto de Juan Diego no ha sido posible atribuirlo a obra humana y permanece inalterable sin que el tiempo desgaste el manto de yute, que ya debería haberse podrido, ni la imagen multicolor de la Virgen guadalupana.
Otro indígena, Diego Huallpa, descubre la plata a flor de tierra en el Cerro Rico de Potosí en 1545. En esa montaña mueren después miles de indígenas explotando el mineral que luego cruza el Océano rumbo a Europa. Potosí se yergue más grande que el París de la época. Siglos después la pobreza se enseñorea de Potosí y los indígenas sufren las consecuencias. Pese a ello, ni la muerte por descuartizamiento de Tupac Katari impide que retornen los indígenas: “Volveré y seremos millones”, ha sido la sentencia, recogida desde Chiapas hasta Tierra de Fuego, recorriendo la Amazonia y la Cordillera de los Andes. Hoy asocian a indígenas con Madre Tierra y el medio ambiente
Están en los titulares de prensa, en boca de todos y en las políticas de los gobiernos. Su historia se escribe con su propia sangre y todos saben que sólo es el principio. Retornan el náhuatl, el lenguaje de los dioses, la sabiduría sobre las plantas y el bosque, el idioma y los símbolos que nunca murieron. Ya no les sorprende la armadura de un nuevo Pizarro ni los caballos que un día fueron americanos. El sol y la luna han vuelto a sus horizontes y a sus vidas. El Yo, indígena, va tomando forma en sus mentes y en sus cuerpos. Quizás entonces podamos comprender por qué antes el norte era sur y viceversa y por qué la ruptura del eje de la tierra hizo nacer a Gran Manitú, Inti y Huitzilopotchtli.
El tacú de papel (Columna de Fernando Luis Arancibia Ulloa)
