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A propósito de la “Nación camba”

Miguel Urioste
Director - Fundación TIERRA
18 de febrero de 2001

Confieso que hace varias semanas me vengo aguantando de escribir sobre los exabruptos regionalistas de grupos absolutamente minoritarios del oriente boliviano que han proliferado en los últimos tiempos, seguramente como una reacción ante la exacerbación étnica de algunos dirigentes del altiplano. Tengo temor de que estas líneas sean utilizadas por aquellos que se creen portadores de valores genéticos superiores para meter más leña al fuego y agravar las tensiones regionales que vive el país. Pero la reciente publicación del autodenominado “movimiento autonomista nación camba” no da lugar a dudas. Quienes firman ese manifiesto la tienen clara: No quieren saber nada de los collas. Quieren romper su vínculo con la nación boliviana. Como ellos mismos lo admiten, es una cuestión de poder y de acceso al control de los recursos naturales.

Es notable como los extremismos fundamentalistas se juntan. Invito al lector a que relea esta proclama separatista y que haga un elemental ejercicio: en lugar de Santa Cruz ponga el lector la palabra altiplano y reemplace el nombre de cambas por aymaras y usted estará leyendo algo muy parecido al discurso de algunos dirigentes que acaudillaron los bloqueos de caminos en octubre del año pasado. Salvando las diferencias históricas y los nombres de los caudillos y líderes, el contenido de ambos pensamientos es muy parecido. Es la intolerancia étnica de profunda raíz fascista de quienes leen la historia únicamente a través del color de la piel. Obviamente hay una diferencia fundamental y es que las reivindicaciones de los dirigentes del altiplano surgen de una realidad de explotación y de exclusión de los mecanismos de decisión desde la creación de la República, mientras que aquella proclama de los llanos surge de grupos de poder regional que desprecian a los indios porque afean y ensucian las calles de su ciudad.

Pero más allá de asuntos estéticos -lapidariamente descartados por los fabulosos descubrimientos de igualdad del genoma humano que demuestra científicamente que no hay ninguna diferencia entre razas- el problema que plantean ambos fundamentalismos es el de la exclusividad en el acceso y control de los recursos naturales. La apropiación excluyente de los recursos naturales que esas proclamadas identidades étnicas reclaman, puede ser el fin de la nación boliviana.

Paradójicamente muchos de los que ahora reclaman la exclusividad en la propiedad y explotación de los recursos naturales de las tierras bajas, recién accedieron al control de esos recursos en la década del setenta, es decir apenas hace un cuarto de siglo. Entre 1971 y 1978 se regalaron –mediante dotaciones públicas de tierras fiscales y a cambio de favores políticos- 12 millones de hectáreas de tierras en superficies de 50 o 100 mil hectáreas a cada propietario. La gran mayoría de esas propiedades no tienen títulos legales y de acuerdo al procedimiento del saneamiento dispuesto por la ley INRA deben ser revertidas a propiedad del Estado.

Otro aspecto notable de la proclama separatista que comentamos es su negación a los importantísimos avances en la descentralización política y administrativa que ha significado en Bolivia la puesta en marcha de la ley de Participación Popular. Esa reforma descentralizadora es la más radical que ha vivido país alguno del sub continente latinoamericano en el siglo pasado. Ciertamente que es un proceso que recién se ha iniciado hace seis años y que requerirá de muchos ajustes y complementaciones que deberán incorporarse progresivamente.

Afirmar que los recursos naturales cruceños son propiedad inalienable de la nación camba es simplemente una majadería de pequeños círculos de poder que ven que el engorde y especulación de las tierras que poseen está en peligro, por el natural proceso de migración de los andes que inevitablemente presionará sobre el acceso a los recursos naturales. Hay sólo dos formas de tratar tan espinoso tema. Uno es el del chantaje a la nación, la amenaza de la separación, la profundización del regionalismo, la exacerbación de un sentimiento anti colla, el monopolio de las elites regionales en el acceso a los recursos naturales, la violencia en ciernes. Otro es el del diálogo, la tolerancia, el reconocimiento de la necesaria diversidad nacional, asumir nuestra diversidad étnica y cultural como un importante valor y no como una carga, acatar el mandato constitucional e impulsar los cambios constitucionales que la sociedad boliviana concerte, continuar aceleradamente con el proceso de la reforma agraria, compartir todos los recursos naturales de Bolivia entre todos los bolivianos.

Difícil es la tarea que tiene el verdadero pueblo cruceño que se siente parte consubstancial de esta patria que es Bolivia. Ellos, pero especialmente sus líderes y verdaderos intelectuales, tienen la enorme responsabilidad de desmantelar este despropósito de desintegración nacional que un puñado de fanáticos está desatando.