EL PRESIDENTE COMO ESPEJO DE LO QUE SOMOS

En tiempos de convulsión social, todas nuestras miradas se centran en el presidente. Cuestionamos sus errores sin filtros, le culpamos de decisiones equivocadas, le atribuimos todos los defectos y, dependiendo de nuestros sesgos políticos, lo convertimos en villano o en redentor. Pero, pocas veces nos atrevemos pasar de la crítica a la autocrítica y hacernos preguntas incómodas como, ¿y si el presidente también fuera un reflejo de nosotros mismos?  

No precisamente como un espejo de virtudes colectivas, sino de nuestras limitaciones como sociedad. Al fin de cuentas, los presidentes no surgen en el vacío. Son el resultado de una cultura política, élites, fisuras sociales, prácticas que los preceden y los moldean.    

Evo Morales encarnó muchos males políticos profundamente arraigados en nuestra sociedad. La personalización del poder en un caudillo fue producto de la creencia de que los liderazgos mesiánicos pueden resolver problemas nacionales por demás complejos. Fue representado como la encarnación del pueblo mismo por su condición de extracción indígena-popular. Su permanencia en el poder durante 14 años habla tanto de poderes fácticos subterráneos como de nuestras limitaciones colectivas para construir instituciones y gobiernos que trasciendan protagonismos personales.

Rodrigo Paz, por su parte, es reflejo de otro tipo de debilidades de la cultura política nacional. Es nuestra inclinación por abrazar promesas de soluciones rápidas y simples para problemas extraordinariamente complejos. Es la expresión de liderazgos demagógicos alzados en hombros por sectores populares que, en la práctica, también reproducen la política como un sistema de favores y prebendas. Es el espejo de élites y sectores conservadores que consideran aceptable la “traición” política y que pretenden resucitar formas de gobernar propios de los años 90, como si las luchas políticas desde abajo no hubieran transformado sin vuelta atrás las condiciones de gobernabilidad.

Es cómodo pensar que todos los males del país se deben a las fallas del presidente y su entorno. Pero es una creencia engañosa porque nos exime de cualquier responsabilidad. Está claro que no basta con reemplazar un mandatario para avanzar hacia un proyecto nacional compartido. Evo Morales está fuera del poder hace seis años, pero lo seguimos reviviendo y oxigenando, algunos soñando que con él retornará la bonanza económica, y otros usándole como chivo expiatorio de nuestras carencias políticas. Rodrigo Paz no cayó del cielo, sino es la materialización de nuestra predisposición a premiar la demagogia en las urnas. Es el oportunismo por encima de lealtades políticas y convicciones consistentes en el tiempo.

Siguiendo a Ortega y Gasset, se puede decir que un presidente no surge de la nada. No es únicamente un individuo, sino una persona más una circunstancia. Y esa circunstancia es la sociedad que conformamos, son nuestras expectativas, prejuicios, fracturas, valores, élites, instituciones, culturas políticas. Por eso, no se puede separar por completo a Evo Morales ni a Rodrigo Paz del entorno que los gestó ni de cada uno de nosotros. No podemos desentendernos de ellos achacándolos a un estrato social o identitario distinto al nuestro. En mayor o menor medida, los defectos de Morales y Paz son también nuestras limitaciones. Coexisten y conviven dentro de cada uno de nosotros.  

En momentos de convulsión social salen a flote con más fuerza estos y otros defectos compartidos. Trascienden estratos sociales, regionalismos, identidades y cualquier particularismo. Somos igual de violentos, medievales, intolerantes, inmediatistas e incompetentes para sumar fuerzas en función de un proyecto nacional. 

Por eso, criticar a un presidente o, en su defecto, defenderlo, es ignorar la mitad de la realidad. La convulsión social que enfrentamos estas semanas no nace únicamente de los errores del presidente. En buena medida, es el resultado previsible del apoyo electoral de sectores populares inclinados a rendirse ante promesas demagógicas de soluciones milagrosas. Y en parte, es la consecuencia del cogobierno oportunista pactado con las élites paceñas y cruceñas que —cegados por la revelación de que el presidente electo no había sido un caballo de Troya del MAS— socaparon su traición política sin una pizca de autocrítica y sin advertir el peligro inminente.  

La conclusión puede ser desalentadora, pero es necesario decirlo. La diferencia entre una eventual renuncia del presidente o su permanencia en el cargo, es francamente irrelevante. Mientras los elementos condicionantes sigan intactos, de nada servirá reemplazar o sostener presidentes que son tan solo espejos rotos de lo que somos.  

Para construir un país distinto, el reto es transformarnos a nosotros mismos y las circunstancias en se reproduce la cultura política boliviana. 

 

Gonzalo Colque es investigador de la Fundación TIERRA.

Artículo publicado en: Visión 360, Brújula Digital, Rimay Pampa, Urgente.Bo, Sumando Voces

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